Ganadores del IV Concurso de Relatos Breves


 

 

Patrocinado por:

Mi pueblo 
Autora: María González Pérez
Londres

 


 

 MI PUEBLO


Hay un azul muy mío que solía yo ver desde la azotea de casa. Es un azul contundente y agudo, balsámico pero grave. Es finito si lo ves de cerca, y de cerca lo ves, porque del pueblo al cielo no queda nada. 

Mi pueblo tiene un azul propio, un azul que colinda en su extremo con los pueblos de otros.  Si entras por la carretera larga del cementerio, esa que antaño siseaba en sus curvas y mostraba sus tumbas en los cambios de pendiente, lo ves. Ves la línea que separa a lo nuestro de lo de vosotros. 

Hay pueblos con olores y con gustos, el mío es todo ojos. Las campanas de la Iglesia, que rebotan los domingos en los espejos de mi cuarto, lucen de hace siglos un bronce acusado. El amarillo del centro tiñe de albero sus fachadas blancas. Las palmeras verdes de la plaza, que estoicas resisten el calor agostizo. Los adoquines viejos que brillan de tan pisados. Los quioscos con periódicos y helados que pausados desafían a la vida nueva, como una huelga de hambre, como una guerra sin armas. Pero el bronce, el amarillo o el blanco no dicen nada. A todos dicta su color el cielo. Solo este azul, que es soberano, habla. 

Desde el patio de la casa ves cruzar a las gaviotas con alas paradas, bailando el aire, cortando el viento en un silbido blanco. Huyen de un verano que acaba en enero y de un invierno que de pronto atraca. Mi madre cose y de fondo esos mismos azulejos vieron coser a mi abuela, y a mi abuelo tal vez sentarse a su lado solo a mirarla. Aún sus ojos viven repartidos por los muros de la casa vieja, ajenos a la realidad del tiempo, asidos a la vida eterna. 

Son estas nubes preñadas las que siempre recuerdan lo lejos que queda casa. Y no quiero volver, pero quiero. Y no quiero pensar, pero pasa. Y es que aquí, felices como somos, siempre hay algo que al final me falta. Aquí el tiempo engaña a otro ritmo, todos cabemos y ninguno encaja. 

O será quizá este azul sin cielo, que aquí nunca dice nada.

Seudónimo: María Fornet


Apartado Local:
AQUÍ ME HA TRAIDO EL SEÑOR 
Autor: Felix Sanz Gimeno 
Valladolid

 



 

AQUÍ ME HA TRAIDO EL SEÑOR


          Vivo en un pueblo en el que no ocurre nada extraordinario,  y donde  es una suerte de felicidad  hablar con un amigo. Por esto a mí me mola mogollón pegar la hebra con “el abuelo”, nombre de guerra del colega que frisaba los sesenta tacos. 
           Cuando se prejubiló andaba solo por el pueblo sin rumbo, empanao’ como un perro sin amo, y capricho del azar, aterrizó por la peña. Es un tío legal comentamos, bohemio soñador  y algo cabroncete. De marcha con nosotros le dimos caña con cojones y pronto se vino arriba, aprobó el acceso a la universidad, y quiso licenciarse en historia del arte, pero lo suyo eran las calabazas, decía “soy muy torpe, y tengo la azotea  llena de chorradas, necesito desaprender.
        Yo creo, que no se esforzó lo suficiente; y digo esto porque terminadas las clases, allá por el mes de junio, no se le veía agobiado por los  exámenes, ni por recuperar en septiembre, más bien contento; aparecía por el pueblo dispuesto a romper la pana, ligero de equipaje en compañía de su perrita (Yesca), ilusionado por estar con su gente, y sobre todo porque había descubierto su vocación, la talla en madera, y salvo por la noches que sale a tomar aguardiente, el resto lo pasa en su lar,  dando rienda suelta a su imaginación esculpiendo algún monigote, como dicen algunos con mucha guasa.
      Un día que pasaba por su puerta le grite como acostumbrábamos ¡ehhh abuelo que andas tramando! ¡Ehh entra dañino! , siéntate y charlamos, me contestó.  Hacía un calor asfixiante, su lar estaba fresquito  regado, y con sombra de las parras; bebimos unas birras, liamos unos cigarrillos, nos pegamos unas risas  hablando  de la que había mangao’ alguno, y cosas así, intranscendentes. Le pregunté si estaba contento con la vida que llevaba, esbozó una sonrisa y le salió la vena filosófica que tenía, ¿dónde voy a estar mejor? Exclamó, ¡AQUÍ ME HA TRAIDO EL SEÑOR! ¿Quién puede elegir mejor?
        -Entonces, le dije  ¿crees que Dios es justo contigo? 
        -Por supuesto, a veces el Señor parece estar distraído, debería darme fama y montarme en el dólar , pero el Señor sabe que soy feliz dando vida a un tarugo de madera y por eso me da salud, ingenio y destreza, y eso es suficiente. Y otra cosa, dañino: desconfío del hombre que no sabe estar solo consigo mismo y por eso el Señor me ha dado como compañera a     “Soledad “.  “Soledad” está en mi vida, con ella gano independencia y autosuficiencia, y nunca estoy menos solo que cuando estoy con ella.
 -Abu, dices que eres feliz dando vida a un tarugo, ¿eso es para ti la felicidad? 
     -Claro que sí, sabes que estoy jubilado, no tengo que fichar ni dar cuentas a nadie, puedo darme un pirulo, irme de baretos o hacer lo que me dé la gana, pero no encuentro la felicidad haciendo lo que quiero, la tengo queriendo lo que hago. 
     - Vale yayo vale, deja de filosofar, no me taladres, cuéntame algo de lo que hacíais los jóvenes de tu tiempo aquí en el pueblo. 
      - Imagínate: chavales  de final de la década de los cincuenta, niños de la posguerra, acostumbrados a obedecer sin preguntar, obligados a ir a misa, cura y alcalde mandando por igual, ten en cuenta que la religión y el sistema eran un todo. El maestro enseñaba golpeando con un palo en el mejor de los casos. Y digo esto porque  a Manolo “el patas” y a mí nos pilló hablando en clase  y  nos abrió la cabeza con el gancho de la lumbre, ¡toca ,toca!, que aquí tengo la cicatriz. 
     - Qué me cuentas, es verdad, flipo, copón, si me lo hace a mi mecagüen ros, le crujo.
    -  Menos lobos, que eran otros tiempos. En aquella época la cultura no era importante, con saber leer y escribir ya estaba bien. 
       En lo cotidiano todo controlado por la censura, se empezaron a radiar partidos de futbol y corridas de toros para entretener. Me acuerdo de la que liamos una noche, durante la misa del sábado de pasión; era costumbre repicar las campanas y los marrotas subimos  al campanario para voltearlas, y de paso pillar unas cuantas palomas para merendar en la bodega; pero la cuadrilla de los mayores nos las robaron, y el azar hizo que por la mañana el saco con las aves perjudicadas  fueran a parar a manos del juez de paz, quien descubrió su procedencia y se las llevó al cura, y a los “malhechores” a modo de trullo, nos metieron en la sacristía y allí cura y juez juzgaron y sentenciaron sin preguntar como era habitual. 
     - Vaya pájaros que estabais hechos.                            
       - No me hagas reír, en realidad éramos unos pringaos, que nos comíamos los mocos, ahora pienso que era una forma de manifestarnos, llamar la atención, o decir adiós al miedo heredado. Las cosas han cambiado y tenemos que felicitarnos por ello, porque la vida es aquí y ahora. Luego llegó el tiempo de buscarnos las habichuelas, era más fácil, estaba todo por hacer. Pronto descubrí que fruto de aquella  educación  tenía una  compañera de viaje  atrevida y malísima, “Ignorancia”, no la quiero trato de darla esquinazo, y no me la quito de encima.  
   -Se te va la olla abuelo, ¿ te has tomao’ la pastilla?
    - No la necesito tengo a “Poesía” mi mejor medicina, que me invita a reflexionar, y a “Música “mi mejor terapeuta, y a “Ironía” que entrena mi intelecto, y a “Templanza” que no me deja tiempo para pecar.
   - Está bien don lecciones, no te rayes, cállate un poco y no me des más la brasa.                                                                                                                                                                                      -¿Qué me calle? 
     Vale, vale, de acuerdo, pero sábete dañino que no hay nada más elocuente que el silencio;  aunque  lo triste del silencio es no tener nada que contar. Te vas a partir de  risas  cuando te cuente la que se lio cuando la vaca del Mariano se comió la cartilla de racionamiento.  
    - Bueno, abuelo  me doy el piro, que te la pique un pollo, 
      - Ok, dañino, que te den. Otro  día más, se feliz y vuelve para contármelo.
       -Adiós abu  no olvides tomar la pastilla, y cuídate que va subir la chatarra.

 

 

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- Bodega MªAmparo Repiso, vinos Sarmentero